Hay mañanas en las que Àsia y yo no necesitamos nada más que estar. Sin hacer, sin pedir, sin explicar. Con ella aprendí que el silencio no es vacío: es el lugar donde por fin podemos escucharnos.
Cuando dejo de llenar el espacio con palabras, aparece lo que de verdad está pasando. Una mirada, un gesto, una sensación en el cuerpo. Así empieza, para mí, toda comunicación.


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